martes, 28 de abril de 2015

Predicación

4° Domingo de Pascua – 26 de Abril de 2015
P. Maximiliano A. Heusser


Leer: Hechos 4:5-12 - 1 Juan 3:16-24 - Juan 10:11-18
Los textos bíblicos de este domingo nos proponen reflexionar en la figura del “buen pastor”. Seguramente recordamos alguna imagen o algún cuadro, o incluso un vitreaux con esta imagen: Jesús cargando sobre sus hombros un pequeño corderito.
Esta figura es utilizada en el AT para referirse a las responsabilidades que tenían los principales y los gobernantes para con el pueblo. El profeta Ezequiel es uno de los que más trabajan esta imagen, diferenciando a los buenos pastores de los malos pastores. Unos cuidan el rebaño y los otros lo dispersan, unos apacientan sus ovejas y los otros se apacientan a sí mismos (Ezequiel 34).
En un mundo rural y campesino, como era Israel en ese tiempo, trabajar con la imagen del ganado más habitual, era una forma de explicar y retratar el mensaje que se pretendía transmitir. Era casi, una estrategia pedagógica.
Jesús trabaja con esta imagen y se aplica a sí mismo el título “buen pastor”. Dice: “yo soy el buen pastor” (Jn. 10:11). En su discurso Jesús deja en claro varios puntos al respecto:
* El da su vida por sus ovejas: Aquí Jesús compara a los verdaderos pastores (dueños del rebaño) con los asalariados (contratados). Jesús afirma que éstos no dan su vida por sus ovejas y que ante el peligro, salen corriendo y abandonan el rebaño.
Hay quienes ponen su mirada en el tema económico, afirmando que como los asalariados hacen su trabajo por dinero, lo hacen mal o descomprometidamente. Esta es una manera de ver el asunto. Sin embargo, vale decir también, que los dueños del rebaño también obtienen un lucro por el ganado. No tienen un rebaño por amor por amor a las ovejas.
Lo que Jesús pone de manifiesto es que hay pastores que dan todo de si por sus ovejas, porque le importan, y hay otros que sólo dan lo justo y necesario (o menos), porque no le importan. Jesús da todo de sí, incluso hasta su propia vida (Jn. 10:11,15). Aquí se hace referencia a la muerte de Jesús en la cruz por nuestra salvación.
* Conoce sus ovejas y ellas lo conocen: Jesús establece que entre las ovejas y el buen pastor hay un conocimiento mutuo. Él las conoce y ellas lo conocen a Él. Hay un conocimiento profundo e íntimo entre el buen pastor y sus ovejas. Afirma un comentarista: “Conocer a Jesús significa experimentar su amor e identificarse con su persona y actividad. Esta relación de conocimiento-amor es tan profunda que Jesús la compara a la que existe entre él y el Padre”.
* Tengo otras ovejas: Estas palabras de Jesús fueron entendidas de diversas maneras. Hay quienes han entendido que Jesús se refería a la gente pecadora del momento (publicanos, prostitutas, gentiles, etc.). Hay quienes han entendido que se refería a los judíos dispersos en el mundo, a quienes iba a juntar en el nuevo Israel. Finalmente, hay quienes ven en estas palabras una idea universalista del mensaje y señorío de Jesucristo, que va mucho más allá de los muros de Israel, se refieren a una nueva humanidad que se extiende a todos, sin distinción de raza, origen, género, color, etc.
* Finalmente Jesús se refiere al amor que recibe del Padre, afirmando que es la consecuencia de poner voluntariamente a disposición su propia vida -en beneficio de la humanidad- para volverla a tomar. Nadie le quita la vida a Jesús, Él la ofrece para la salvación de toda la humanidad.

En principio, si nos pensamos a nosotros mismos en relación a este pasaje, observaremos al Señor como el buen pastor y nos limitaremos a ser ovejas. Pondremos nuestra mirada en los cuidados y atenciones que tiene para con nosotros y en cómo dio su vida por nosotros/as. Esta mirada nos hace valorar la obra de Jesucristo y su amor para con toda la humanidad.
En un segundo momento, podemos pensar las figuras pastorales a la luz de este pasaje. Podemos pensar si se preocupan y ocupan de sus ovejas o si al primer peligro o dificultad abandonan al rebaño. Esta mirada nos hará pensar en unos pocos, justamente en aquellos que ejercen roles pastorales en la comunidad.
El pasaje de 1 Juan nos ayuda a ajustar el foco en nuestra lectura del pasaje del Evangelio. Comienza diciendo que conocemos el amor de Dios porque Él puso su vida por nosotros. Hasta aquí no nos suma mucho al Evangelio. Pero afirma también, que como Él dio su vida por nosotros, también nosotros/as debemos poner nuestra vida por los demás (1 Jn. 3:16).
El autor de esta carta nos invita a abandonar el lugar de simples ovejas, por cierto cómodo, para asumir que debemos imitar las actitudes del buen pastor. No se trata de acciones o actitudes que sólo hizo o tuvo Jesús, ni tampoco se trata de acciones o actitudes que se limitan a aquellas que deben tener los pastores y pastoras, sino que nos involucra a todos quienes creemos en Él.
En esta carta también aparece el tema económico, como en el Evangelio. Pero al igual que en el Evangelio, el asunto es si nos preocupamos y ocupamos por el resto, por los demás.
El autor sostiene que si tenemos bienes materiales (bienes de este mundo) y al ver a nuestro hermano tener necesidad no se nos mueve un pelo (cerramos contra él nuestro corazón), ¿Cómo es que está el amor de Dios en nosotros/as? La respuesta a esta pregunta es obvia: ¡No está! Si cerramos nuestros corazones a los hermanos/as que tienen necesidad no está el amor de Dios en nosotros.
Por eso el autor dice “no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Jn. 3:18). Porque cuando uno ama de palabra pero no de hecho, en realidad no ama.
Usando una expresión típicamente paulina, podríamos decir que quien cree amar y tener el amor de Jesucristo en él, pero sólo ama de palabra y no de hecho, permanece en el viejo hombre, en la vieja humanidad. Es una persona que verdaderamente no se ha convertido.
Estos aportes de la carta de Juan nos ayudan a reflexionar volviendo a los puntos mencionados respecto del Evangelio, pero desde esta mirada que nos involucra tanto individualmente (como creyentes) como comunitariamente (como comunidad de fe).
* El buen pastor da su vida por sus ovejas: Tenemos que poder reflexionar sobre lo que damos por los otros; sobre qué hacemos al servicio de los demás; tenemos que reflexionar sobre las causas en las que nos involucramos.
Conozco personas que teniendo una pequeña dificultad que afrontar (como un dolor), no llegan a ver más allá del problema y toda su vida pasa por ese pequeño dolor que les molesta. La causa en la que están involucrados, no sólo tiene que ver con ellos mismos/as, sino que es un tema totalmente insignificante. Malgastan la vida que debe vivirse al servicio de los/las demás.
* El buen pastor conoce las ovejas: Tenemos que poder reflexionar si verdaderamente nos importa conocer al hermano/a. Tenemos que detenernos a pensar, si en esto de ser comunidad, estamos dispuestos a invertir tiempo y esfuerzo en conocer a los demás y en dejar que nos conozcan. Algo de esto vivimos y trabajamos en el campamento el fin de semana pasado. Hay que invertir tiempo en conocer al otro, a la otra, y hay que abrirse y contar algo de uno, para crecer juntos como familia en la fe.
* Tengo otras ovejas: Tenemos que reflexionar sobre las ovejas que no están en el redil, pero que le pertenecen. No sólo tenemos que reflexionar en aquellas personas que todavía no conocen a Dios o no se animan a venir a la Iglesia. Tenemos que poder reflexionar sobre aquellas personas que nos chocaría ver dentro de la comunidad de fe. Tenemos que reflexionar sobre aquellas personas que no querríamos ver dentro de la Iglesia… Si se acerca una prostituta ¿Qué pensaríamos? Si se acerca un muchacho vestido de negro, lleno de tatuajes, aros y piercings ¿Qué pensaríamos? Si se acerca alguien en situación de calle ¿Qué pensaríamos? Si se acerca un tal José pero vestido y maquillado de Josefina ¿Qué pensaríamos? Si se acerca una pareja de chicas lesbianas ¿Qué pensaríamos?
Una primera respuesta puede ser que no son ovejas del buen pastor. Una segunda respuesta puede admitir que son ovejas de Dios, pero no de éste redil, serán de otro, pero no de éste. Y una tercera respuesta puede ser “todas las ovejas tienen lugar en este redil”.
¿Cuál de todas estas respuestas será la que elijamos? ¿Cuál de estas respuestas daría Jesús? ¿En cuál de estas respuestas se puede ver que imitamos las acciones y actitudes del buen pastor? ¿En qué respuesta se ve y se siente que el amor de Dios mora en nosotros? ¿En qué respuesta se ve que amamos no de palabra, sino de hecho y en verdad?
* Finalmente Jesús se refirió al amor que sentía de parte de Dios, un amor que era la consecuencia de dar su propia vida en beneficio de los demás. Vale decir, que “los demás” eran pecadores y -citando a Pablo- destituidos de la gloria de Dios. Quizás, nosotros y nosotras también podremos sentir el amor de Dios si damos nuestra vida por aquellos que parecería que no merecen nuestro esfuerzo.

Jesús es el buen pastor y a nosotros nos ha dado un ejemplo claro e imitable de cómo ser sus seguidores. Quiera nuestro buen Dios, guiarnos y animarnos para que podamos ser buenos pastores los unos de los otros/as.

martes, 7 de abril de 2015

Predicación

Domingo de Resurrección - 05 de Abril de 2015
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Juan 20:1-18.

El Señor Jesús ha resucitado. ¡Verdaderamente ha resucitado!
Una de las características que identifican a las Iglesias cristianas es esta afirmación que acabamos de realizar. Nuestra fe es que Jesús resucitó.
1. Ahora bien, quiero comenzar señalando algunos aspectos de este pasaje del Evangelio de Juan. Específicamente quiero detenerme en la actitud de María Magdalena.
El grupo de discípulos está encerrado, con miedo. Quienes habían procurado encontrar la forma de matar a Jesús lo habían llevado a cabo. A esto se sumaba que uno de ellos lo había entregado, otro lo había negado, y la mayoría había salido corriendo como “rata por tirante”.
Ese es el grupo que está encerrado, donde está María Magdalena, y seguramente, otras mujeres. De hecho, cuando ella vuelve de ver la piedra corrida del sepulcro dice: “se han llevado del sepulcro al Señor y no ‘sabemos’ donde lo han puesto” (Juan 20:2).
Juan evidencia que María Magdalena y quienes la acompañaban, vencen su temor, vencen sus contradicciones, superan sus propias incoherencias, para hacer aquello que correspondía hacer. No es casualidad, entonces, que María Magdalena, teniendo esta actitud se convierta, por voluntad del resucitado, en la primera persona en verlo y en el primer apóstol en dar testimonio de la resurrección. 
En este texto del Evangelio no sólo se ve que había diversidad en los seguidores de Jesús, sino que también era diverso el grupo de apóstoles que anunciaban su resurrección. Cuánto tenemos que aprender de esta gente…

2. Ahora bien, quiero detener la atención sobre el hecho mismo de la resurrección.
Afirmamos desde la teología que la resurrección no es un hecho histórico. No se asusten. Esto no significa que la resurrección sea un hecho ficticio, ni mucho menos. Significa que el valor de la resurrección más mucho más allá del nivel físico. La resurrección trasciende el plano histórico.
Contamos con referencias históricas de la vida de Jesús. Por ejemplo, el historiador judío que quería ganarse la simpatía del Imperio Romano, Flavio Josefo, escribe acerca de Jesús en su libro “Antigüedades judías”. Lo menciona, sin ser cristiano, dos veces en sus escritos. Esta es la fuente no cristiana que revela la existencia de Jesús en medio del pueblo judío.
Por otro lado, los relatos de los Evangelios nos hablan de la vida de Jesús. Lo que hizo, lo que dijo, con quiénes tuvo enfrentamientos, a quiénes eligió, quiénes le siguieron, quienes decidieron matarlo, etc. Ningún texto bíblico nos relata cómo fue la resurrección, cómo sucedió.
Lo más parecido, que no es estrictamente resurrección sino revivificación, es el caso de Lázaro (Juan 11), donde este vuelve a la vida. Allí sí, el evangelista nos relata cómo sucedió. Nos muestra a Jesús en frente del sepulcro, pidiéndole a la gente que quitaran la piedra de la puerta, orando a Dios y gritándole a Lázaro: “¡Lázaro, ven fuera!”, y este salió con vida del sepulcro.
La resurrección de Lázaro fue un paso hacia atrás, una vuelta a su misma vida habitual. No hubo ninguna transformación ni nada de la vivificación del hermano de Marta y María que lo hiciera trascender. Lo único que trascendió de esta última señal de Jesús era su identidad como Hijo de Dios.
La resurrección de Jesús no fue un paso hacia atrás, un paso hacia lo mismo. No fue como la vivificación de Lázaro. Fue un paso hacia adelante, hacia algo distinto, hacia algo superador. Hacia algo que iba a afectar a toda la humanidad, incluso a nosotros hoy en este lugar.
Sin embargo, ninguno de los evangelios nos relata cómo sucedió la resurrección. Nos relatan las experiencias de creyentes que sintieron, vieron y oyeron al resucitado. Por esto, la resurrección de Jesús, núcleo de nuestra fe cristiana, tiene que ser mucho más que un fenómeno físico. La resurrección debe trascender el plano físico e histórico.
Por esto, cuando afirmamos la resurrección no nos adherimos a un mito caprichoso. Expresamos nuestra adhesión a una verdad de fe, con un sentido extremadamente profundo. Y sobre ese sentido debemos poder reflexionar.

3. ¿Cuáles fueron las consecuencias de la resurrección?
La primera consecuencia de la resurrección fue el empoderamiento de los discípulos y discípulas como verdaderos apóstoles del resucitado. Ellos recibieron el poder del Espíritu Santo, para hacer la tarea que les fue encomendada.
La segunda consecuencia se da cuando este grupo va tomando coraje y proclama abiertamente quién fue Jesús y su resurrección. Al hacerlo, encienden de enojo y furia a aquellos que planearon y lograron darle muerte a Jesús. Y nos tenemos que preguntar ¿Por qué? ¿Por qué se enojaban al escuchar predicar a Pedro? ¿Por qué se enojaban al escuchar predicar a Esteban?
Se enojaban y se encendían de furia porque habían matado a Jesús, pero su obra, su mensaje, y el Reino iniciado por Él, no se había podido detener. Se enojaban porque la resurrección de Jesús había animado a “salir del clóset” a tantos y tantas que recordaban las palabras de Jesús y las enseñaban a diestra y a siniestra.
Matando a Jesús, estos grupos de poder, creyeron poder silenciar al mismísimo Dios. No sólo no pudieron hacerlo, sino que a través de la resurrección, su vida y ministerio, el proyecto del Reino de Dios, se transformó en algo trascendente que tenía que ser anunciado para cambiar la vida de las personas, la vida de los pueblos, la historia de toda la humanidad.

Si la cruz nos hace pensar que Dios “le da vuelta la cara a Jesús”, en la resurrección se hace evidente que Dios pone su cara por Él. No lo había abandonado, estaba esperando para manifestarse con poder.
Los principales de los judíos tampoco ponían su mirada en los planos físicos o históricos de la resurrección de Jesús. Ardían de veneno porque Su causa permanecía viva, porque Sus palabras perduraban en las mentes y en los corazones del pueblo. Porque Sus gestos se eternizaban en la memoria colectiva de quienes habían caminado con Él.
Ardían de veneno porque ni la muerte, ni la vida, ni ninguna otra cosa creada, podía llegar a detenerlo. Casi podrían cantar con el Obispo Pagura:
“Porque una aurora vio su gran victoria, sobre la muerte, el miedo, las mentiras; ya nada puede detener su historia, ni de su Reino eterno la venida”.

4. Para ir terminando, es necesario afirmar que la resurrección nos muestra que el mal no tiene la última palabra; que la muerte no necesariamente es el fin de nuestra historia, sino el comienzo de un tiempo distinto.
La resurrección nos muestra que nada se puede hacer dejándonos dominar por nuestros miedos y temores; que nadie puede proclamar la buena noticia, si no supera sus prejuicios, sus incoherencias y sus propias contradicciones, como hizo María Magdalena y las otras mujeres.
La resurrección nos muestra que no hay un tiempo distinto y mejor para todos, si no estamos dispuestos a jugarnos –como decía una canción- por "un reino de amor, justicia y paz".
Hermanos y Hermanas, que la luz de la resurrección, que resplandece como el sol al amanecer, disipe nuestras tinieblas, nuestras dudas, nuestros recelos, para que podamos ser anunciantes de vida nueva. Que el Señor nos bendiga, Amén.

martes, 6 de enero de 2015

Predicación

Mensaje
2° Domingo de Navidad – 4 de Enero de 2015.
P. Maximiliano A. Heusser
Leer: Salmo 147:12-20, Jeremías 31:7-14, Efesios 1:3-14 y Juan 1: (1-9), 10-18.
El Evangelio de Juan, a diferencia de Mateo y Lucas, no tiene relatos del nacimiento de Jesús. No nos cuenta nada del pesebre, ni de Belén, ni nada de eso. Sin embargo, nos cuenta del principio de Jesús y de cómo y por qué terminó naciendo en medio de nosotros/as.
Les propongo una sencilla estructura basada en el pasaje que nos vaya orientando en la reflexión:
1. El logos preexistente.
En el v. 10 se vuelve a mencionar lo que se menciona en los primeros tres versículos del capítulo. El logos estaba en el principio (Génesis) y las cosas fueron hechas por medio de él. En estos versículos se basa la teología para afirmar que el Hijo de Dios no aparece de la nada en el año cero, sino que ya estaba con Dios, era preexistente, eterno.
De esta manera, hablando de la Trinidad, en el Génesis está Dios, el Espíritu que se movía sobre la faz de las aguas (Gn. 1:2) y el logos que finalmente será el Hijo de Dios.
2. Vino a lo suyo y no fue recibido.
El v. 11 ha sido utilizado muchas veces en contra de los judíos. Ellos fueron el pueblo que tuvo el privilegio de tener a Jesús caminando por sus calles, hablando con su gente, enseñando y haciendo distintos tipos de señales, sin embargo lo rechazaron. Es verdad que la mayoría de los judíos no lo recibieron, sin embargo, nosotros sabemos de él gracias a que hubo judíos que lo recibieron.
Por otro lado, si pensamos que los cristianos somos hoy el pueblo de Dios, este texto nos habla a nosotros. Jesucristo, el Hijo de Dios, sigue viniendo a nosotros y nosotros no lo recibimos. Dios se sigue esforzando por llegar a nosotros, y nosotros no lo vemos ni le prestamos atención.
3. Quienes lo reciben son hechos hijos de Dios.
Los vs. 12-13 nos muestran la superación de los esquemas tradicionales. Ya no se es hijo de Dios -como creían los judíos- por la sangre y por ser descendiente de Abraham. Ahora se llega a ser hijo/a de Dios creyendo en el nombre del Hijo de Dios. Es decir, que la posibilidad de ser hijos/as de Dios es ilimitada. Es una posibilidad que llega a cualquier persona, a cualquier pueblo, a cualquier raza, de cualquier clase social, con cualquier gusto musical, sea quien sea y sea como sea.
4. El logos se hizo carne (encarnación).
En el v. 14 Juan nos dice que el logos se hizo carne, se encarnó. En Jesús, de cierta manera Dios abandona su lugar divino, distante de lo humano, misterioso, ajeno a la realidad del ser humano. Dios, diría nuestro Obispo, abandona su zona se seguridad para llegar a la humanidad.
Por esto, la encarnación evidencia el amor que Dios siente por su creación y por la humanidad toda. Se hace evidente que Dios está dispuesto a correr riesgos por nosotros/as. Dios no se “queda en el molde”, sino que sale del molde transformando su amor inmenso en una acción concreta y visible: la encarnación.
5. Recibimos de su plenitud, gracia sobre gracia.
En los vs. 16-17 Juan afirma que de su plenitud recibimos todos, gracia sobre gracia. Ese Dios encarnado fue el ser humano pleno. El ser humano perfecto. Por Moisés recibimos la Ley y por Jesucristo recibimos la gracia (amor) y la verdad. Estas dos gracias (Ley y Gracia) no son opuestas, sino complementarias. Quizás en la ley no se llegaba a ver el amor de Dios. En Jesucristo ese amor se ve con claridad redimensionando la Ley.
6. El verbo nos da a conocer a Dios.
El v. 18 nos recuerda que nadie ha podido ver a Dios. Este “ver” tiene el sentido de conocer a Dios. Nadie ha podido acceder al conocimiento de Dios mismo. El poco conocimiento que podemos tener de Dios es el que tenemos a través del Hijo que nos lo dio a conocer. Antes de que Dios se encarnara en Jesús teníamos una idea bastante velada de Dios. A través de Jesucristo podemos acceder un poco más a Dios mismo. Por eso los evangelios nos cuentan lo que hacía Jesús, lo que decía, lo que pensaba, cómo se comportaba, qué actitudes tomaba, con quiénes se juntaba, a quiénes criticaba, quiénes se reían de él, quienes lo menospreciaban, quiénes quisieron matarlo, etc. Esta es la manera de seguir buscando conocer a Dios. Jesucristo es el criterio que debemos establecer para nuestra vida y para nuestro discipulado.
En Jesús, hemos podido comprender el proyecto de Dios para con toda la humanidad.
En Jesús, hemos podido comprender lo que significa buscar la voluntad de Dios.
En Jesús, hemos podido comprender los costos de querer vivir la voluntad de Dios.

Volvamos a dos puntos de los antes mencionados. El primero es el punto cuatro (4), donde nos referimos a la encarnación. Los cristianos debemos aprender de Dios la valentía de superarnos, y de asumir una actitud dinámica ante las vicisitudes de la vida. Debemos tener la madurez necesaria para que nuestra fe pueda responder a los desafíos que hoy tenemos por delante. Decía hace un momento que Dios “se salió del molde” en Jesús. También nosotros tendremos que salirnos de ciertos moldes.
Si seguimos manifestando las mismas posiciones que hace 50 años en todos y cada uno de los ámbitos de nuestra vida de fe, más allá de los cambios y descubrimientos que se han dado en el mundo, tenemos muy serios problemas…
Si a lo largo de nuestra vida de fe, aunque no seamos mayores, no cambiamos ciertas concepciones, no reformulamos ciertas ideas, no actualizamos algunas creencias, no sólo hemos fosilizado nuestra fe, sino que corremos el riesgo de idolatrar nuestro propio pensamiento. ¡Y esto, hermanos y hermanas, es pecado!
Ahora volvamos al punto tres (3). Allí pudimos ver cómo, según el Evangelio de Juan, Dios supera posiciones tradicionales. Cómo expande la posibilidad de ser hijo e hija de Dios, a todo aquél que crea en el nombre de su Hijo Jesús. En ese punto decíamos recién que esta posibilidad de “filiación divina” llega a todas las personas, sean quienes sean, vivan como vivan.
En esta posibilidad que Dios da a la humanidad no sólo se hace evidente el enorme amor de Dios, sino que se hace evidente que ese enorme amor es para TODOS Y TODAS. No es un amor limitado. No es un amor condicionado. Dios no dice: “te amo, pero con una condición, vas a tener que dejar de hacer tal o cual cosa”. Dios no dice: “te amo, pero tenés que vivir de esta manera”. El amor de Dios llega a toda la humanidad, porque Dios ama a toda la humanidad. Dios no ama a ciertos grupos. Dios ama a toda la humanidad.
Algunas personas creyentes creyeron en algún tiempo que Dios amaba más a los hombres que a las mujeres, y no es así.
Algunas personas creyentes creyeron en algún tiempo que Dios no amaba a los pueblos originarios (esos indios ignorantes y paganos), y no es así.
Algunas personas creyentes creyeron en algún tiempo que Dios amaba más a los blancos que a los negros, y no es así.
Algunas personas creyentes creyeron en algún tiempo que Dios amaba más a la clase media que a los pobres, y no es así.
Nuestra fe debe ser dinámica, debemos poder conversar desde la fe, los cambios que se dan en nuestra sociedad y acompañar los distintos procesos que vivimos como sociedad.
En cada uno de los ejemplos que les acabo de mencionar, estos grupos humanos, estos colectivos sociales, se organizaron e hicieron fuerza para que quienes estábamos del otro lado, abriéramos los ojos y dejáramos de discriminarlos.
Hoy sigue habiendo grupos humanos que se organizan para reclamar que quienes estamos del otro lado no los discriminemos. Algunas veces los escuchamos, y otras tantas veces no les prestamos atención. ¿Se nos ocurre quiénes pueden ser?
1 Juan 4:8 nos dice “el que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.
No sólo tenemos que aceptar a los/las diferentes, tenemos que poder amarlos/as. Si no lo podemos hacer, no temo equivocarme al afirmar que no hemos conocido al Dios de amor.

Quiera Dios (y lo quiere) que nuestra fe no se fosilice, sino que sea dinámica, algo vivo, y que podamos ser personas que aman a los demás. No a los iguales, porque ahí no hay ningún mérito, sino a los distintos, a los diferentes, a los que son discriminados, a los estigmatizados de hoy, personas que integran la humanidad que Dios ama. Que así sea, Amén.  

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Predicación

Domingo 28 de Diciembre de 2014 – Culto de Acción de Gracias
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Isaías 61:10 – 62:3

En este breve texto de Isaías, el profeta exalta dos atributos de Dios: la justicia y la salvación.
El profeta no solo debe haber estado seguro de la existencia de estos dos atributos en Dios, sino que también, de alguna manera, debe haberlos experimentado.
Cuando uno menciona virtudes de algo o de alguien, lo lógico es que uno haya experimentado esas virtudes. Si digo que tal producto es muy bueno, se espera que lo haya probado. Si digo que tal persona es excelente, se espera que yo la conozca lo suficiente para hacer esa afirmación.
Lo mismo sucede con el texto del profeta. Isaías debe haber experimentado y conocido que Dios es un Dios de justicia, que es justo, que hace justicia y que quiere que se haga justicia.
El pasaje forma parte de las buenas noticias de Dios para con su  pueblo. Se menciona, seguramente después del exilio, un tiempo nuevo, de alegría, gozo, un tiempo de reedificación y restauración.
El atributo de la justicia nos ayuda a recordar que Dios no es un Dios al que todo le da lo mismo. No es un Dios indiferente. Esta “no indiferencia de Dios” debe ser extrapolada a nuestro momento histórico. Al hacerlo, podemos sostener que nuestro Señor no es un Dios despreocupado por lo que sucede en el mundo que Él ha creado. No es un “Dios de vacaciones”, con bermudas y anteojos negros. A Dios no le da lo mismo, por ejemplo, las penurias y calamidades que cristianos están sufriendo en medio oriente en este tiempo. Dios no es indiferente a la injusticia. De la misma manera, tampoco le dio lo mismo las penurias y calamidades que los cristianos hemos realizado a distintos pueblos y grupos a lo largo de la historia.
A Dios tampoco le da lo mismo el compromiso cierto de países de disminuir hasta un 40% la emisión de gases de efecto invernadero para el año 2030, intentando disminuir el cambio climático y las consecuencias desastrosas que este trae para los pueblos más carenciados en distintos lugares del mundo. Como tampoco le da lo mismo países y empresarios millonarios que se niegan sistemáticamente a asumir compromisos en ese sentido.
A Dios no le da lo mismo que se realicen grandes, elocuentes y cristianas afirmaciones que no sean respaldadas por vidas vividas con sentido, al servicio de los demás.
A Dios no le da lo mismo -cuando hablando de los bienes y las cosas que se tienen- se privilegia desmedidamente lo mío sobre lo nuestro, lo propio (con el sentido de privado) sobre lo comunitario.
Isaías nos hace recordar que Dios es un Dios justo, que hace justicia y que quiere que se haga justicia.

Isaías también menciona en el texto el atributo de la salvación. El profeta ha experimentado de alguna manera que Dios es un Dios de salvación. En este pasaje, la salvación tiene que ver con el regreso del exilio, con el fin de un tiempo malo y el principio de un tiempo distinto y mejor.
Dios es un Dios de salvación, un Dios que quiere que su pueblo se salve. En este pasaje de Isaías (especialmente en el Cap. 62) se puede ver una mirada que privilegia a Israel sobre otros pueblos. Sin embargo, también hay que notar que en la relación de Dios con Israel hay que poder ver la relación de Dios con la humanidad.
Y en esa relación de idas y vueltas, de acercamiento y alejamiento, Dios quiere que la humanidad se salve.
Entonces ¿Qué será salvarse?
Esta pregunta puede ser respondida de diferentes maneras según el pensamiento y tradición de cada uno/a. Comparto tres posibles respuestas que representan tres tradiciones distintas.
Un evangélico tradicional me dirá que salvarse es recibir a Jesucristo en el corazón.
Un católico romano tradicional me dirá que salvarse es ser parte de los bautizados.
Un pentecostal me dirá que salvarse es haber recibido el doble bautismo (del agua y del Espíritu).
Llama bastante la atención que estas respuestas no están en el texto bíblico. A veces aprendemos ciertas frases o ciertas fórmulas que poco tienen que ver con lo que se afirma en la Escritura. En los textos bíblicos la referencia a salvarse o a la salvación tiene que ver con contar con el favor de Dios. En el recorrido de Israel en el Antiguo Testamento se puede ver que cada vez que el pueblo “hace la voluntad de Dios” cuenta con su favor. Por el contrario, cada vez que se aparta de la voluntad divina, termina padeciendo diferentes circunstancias. De hecho, la salvación aparece fuertemente ligada a la justicia. Alguien justo delante de Dios será alguien salvo.
Esta idea de fuerte raíz veterotestamentaria pero que llega hasta el Nuevo Testamento, supera los límites que algunas veces sostenemos desde las Iglesias; supera también, los límites que a veces ponemos cada uno de nosotros/as cuando conversamos estos temas, por ejemplo, en la sobremesa de un almuerzo o una cena familiar.
Digo que esta idea es superadora porque significa (en contra nuestro) que los cristianos podemos no ser salvos. ¿Cómo sería esto? Cuando nos alejamos de la voluntad de Dios...
Si no buscamos recordar y cumplir la voluntad de Dios puesta en ejemplo humano por el Emanuel, Dios con nosotros, lejos vamos a estar de la salvación y de la justicia de Dios.
Si no buscamos con esmero vivir y cumplir la voluntad de Dios, siguiendo los pasos de Jesús, no importa que hayamos recibido a Jesucristo en el corazón (evangélicos), ni que seamos parte de los bautizados (católicos), ni que hayamos recibido el doble bautismo (pentecostales), no seremos salvos... (o por lo menos no como creemos).

Dios es un Dios de justicia que superó los límites de su pueblo elegido, llevando su mensaje de verdad, justicia, amor y paz, más allá de las fronteras. Por eso la bendición de Abraham es para todos los pueblos de la tierra (Génesis 22,:18). Por eso en el mismo momento del nacimiento del Hijo de Dios, lo adoraron sabios de oriente (Mateo 2). Por esto mismo, apenas comienza a organizarse la comunidad de seguidores del Jesús resucitado, el Señor llama a Saulo, para ser su Apóstol a los gentiles (Hechos 9).
Dios permanentemente supera las fronteras que los seres humanos levantamos entre nosotros/as.
Dioses dinámico y crece, nosotros nos anquilosamos y nos achicamos en nosotros mismos.
Dios es justo y quiere la justicia para todos, nosotros tendemos a ser injustos, queriendo que la justicia sólo obre a nuestro favor.
Dios es un Dios de salvación, nosotros tendemos a creernos salvos y a querer que sólo algunos se salven.
Quiero ir terminando compartiendo un poema muy conocido de un Pastor Alemán, Luterano, compañero de lucha de Dietrich Bonhoeffer en el movimiento opositor a Hitler llamado “La Iglesia Confesante”.
Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio,
porque yo no era comunista;
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio,
porque yo no era
socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté,
porque yo no era
sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté,
porque yo no era
judío,
Cuando vinieron a buscarme, no había
nadie más que pudiera protestar.

Martin Niemöller.

Este poema lo podemos ampliar hoy.  “Cuando vinieron a llevarse a los…”. Podemos agregar grupos que no piensan como nosotros pensamos; personas que viven de una manera que no entendemos; personas que se visten de una manera extraña; personas que hacen cosas que nosotros no haríamos… Este pastor alemán se dio cuenta de su error y cambió.
Dice el profeta: “Por causa de Sión y de Jerusalén no callaré ni descansaré, hasta que su justicia brille como la aurora y su salvación alumbre como una antorcha”. Isaías 62:1.

Quiera Dios que podamos ser cristianos comprometidos con la realidad que nos toca vivir. Que podamos ser más justos, como el Dios en quien creemos, al que no le da los mismo cualquier cosa. Que podamos bregar en la búsqueda de la salvación para todos y todas más allá de los límites que nosotros pretendemos ponerle a Dios. Que podamos poner en práctica las enseñanzas y ejemplos de Jesucristo, quien se dio a sí mismo por amor para toda la humanidad. Que el Señor nos bendiga, Amén. 

martes, 16 de septiembre de 2014

Predicación

14º Domingo de Pentecostés – 14 de Septiembre de 2014
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Romanos 14:1-12 y Mateo 18:21-35
El domingo pasado decía que los pasajes nos invitaban a reflexionar sobre la comunidad de fe y sobre cómo ser comunidad. Reflexionábamos sobre el lugar que el amor debía tener en la Iglesia. Hoy los textos bíblicos nos invitan a profundizar esa meditación.
El pasaje del Evangelio es la continuación a la “exhortación fraterna”, en donde Pedro pregunta si hay que perdonar hasta siete veces. La preocupación sobre la cantidad de veces que debía personarse a un pecador reincidente, era abordada por los maestros de la época. Ellos aconsejaban perdonar hasta cuatro veces. Pedro, que viene recorriendo camino junto al Maestro; que lo ha escuchado enseñar tantas veces; sabe que Jesús va a proponer algo más de lo normal, por esto arriesga generosamente: “hasta siete” (casi el doble). La respuesta de Jesús deja a todos sorprendidos: “setenta veces siete”. El número siete (7) para los judíos tiene el sentido de perfección, algo terminado, totalidad, plenitud, etc. Al Jesús utilizar un múltiplo del número pleno de Pedro, pero sustancialmente mayor, queda puesto en evidencia que el perdón debe ser pleno, ilimitado, total, perfecto, etc.
Por si alguien no ha comprendido esta breve pero profunda enseñanza de Jesús, éste relata una parábola que nos ayuda a entender que Dios nos ha perdonado tanto y tantas veces. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Dios nos ha perdonado una infinidad de veces. La parábola muestra cómo un rey perdona una deuda enorme de uno de sus siervos porque éste le pide clemencia, y cómo, de la misma manera, un consiervo le pide clemencia por una suma insignificante al lado de la otra, y el siervo no conforme lo manda a la cárcel hasta pagar su deuda. Los otros siervos ven la escena y se la cuentan al rey. Éste, indignado, reprende al siervo malo y también lo envía a la cárcel. La enseñanza puesta en boca de Jesús es que hay que perdonar de corazón a nuestros hermanos/as (Mt. 18:35).
El perdón es la remisión (quita) de los pecados. Es un acto divino por excelencia. Es Dios quien perdona al ser humano su pecado. Pero es algo que Dios también nos pide que hagamos.
El texto nos ayuda a pensar en primer lugar, en cómo perdonamos a nuestros hermanos en la comunidad, en cómo intentamos hacer todo lo posible por estar bien con cada uno, con cada una. No se trata de ir contando las veces: “ya te perdoné veinte veces”. Se trata de buscar ser personas capaces de perdonar. No debería ser un logro poder perdonar a un hermano/a de la comunidad, sino simplemente la respuesta al extraordinario amor que Dios nos tiene. Tampoco de trata de perdonar sin olvidar. Hay una mujer del mundo del espectáculo que dice “yo perdono pero soy memoriosa”. A veces caemos en esto. Supuestamente perdonamos a alguien pero nos acordamos de la macana que nos hizo y de absolutamente todos los detalles del caso (qué, cuándo, dónde, por qué…).
El perdón que tenemos que intentar tener para con nuestros hermanos y hermanas es el perdón que sabe olvidar, que busca borrar y empezar de nuevo. Pero no se trata de ser tontos o inocentes, se trata de buscar poder perdonar como Dios nos vive perdonando a nosotros/as.
También podemos trasladar la cuestión del perdón a los hermanos de la comunidad a cualquier otra instancia en la que nos movamos. Debemos poder practicar el perdón en la familia. La familia, que es definida como “la célula fundamental de la sociedad”, debe también ser un lugar de perdón. También en casa debemos perdonarnos. También en casa debiéramos buscar que el perdón no tuviera límites, ni fuéramos contando cuántas veces perdoné tal o cual actitud o comentario, o lo que sea. En la relación entre padres e hijos debe haber perdón mutuo. Se debe buscar la reconciliación. En la pareja tiene que tener lugar el perdón, porque aquello que supuestamente perdoné, pero que sin embargo, no olvido, tarde o temprano aparecerá sobre la mesa y generará un conflicto.
De igual modo, podemos reflexionar cómo debemos perdonar en nuestros trabajos. Quizás a nuestros jefes, quizás a nuestros compañeros/as. Quizás a algún amigo o amiga que en una determinada situación “metió la pata”. Quizás tenemos que perdonar a un vecino que nos molesta con la música, al que tenemos “entre ceja y ceja”.
La carta del Apóstol Pablo a los Romanos, al igual que el domingo pasado, también nos ayuda a pensar en cómo nos relacionamos en la comunidad de fe. En esta porción de la carta, Pablo escribe respecto de posibles discusiones que se pueden dar dentro de la Iglesia. En esta caso, hay hermanos/as que discuten sobre la comida, sobre qué está permitido comer y qué no. Se hace evidente que hay personas que tienen origen judío (con restricciones en la alimentación) y otras de origen gentil (comían de todo). Pablo aconseja que el que come no menosprecie al que no come cualquier cosa y que el que no come de todo tampoco juzgue al que come. Haga cada uno lo que le parezca para el Señor. Porque finalmente, si vivimos o morimos, somos del Señor. Debemos destacar que ambos grupos se equivocan en su manera de actuar, porque los primeros menosprecian a sus hermanos (se burlan), y los segundos juzgan a los primeros. Los dos comportamientos son negativos…
Leyendo sólo esta porción que nos sugiere el leccionario, pareciera que el tema de la comida hubiera sido un tema menor y sin importancia para el Apóstol. Cuando en realidad, hubo toda una fuerte discusión sobre este tema con los Apóstoles, Pablo y los ancianos. Debate acalorado que se dio en la primeros años del cristianismo, donde Pablo enfrentó a Pedro en la discusión (ver Hechos 15 y Gálatas 2).
En esta carta Pablo es mayor en edad, tiene varios años de ministerio, ya le ha tocado atravesar varias situaciones difíciles y se refiere al tema menos apasionadamente. Pero esto no significa que le da “todo lo mismo”. Ni tampoco significa que Pablo sostenga que “cada uno piense lo que quiera y nadie se pelee por lo que los otros piensan”. No es así. Pablo admite en el vs. 14 que para él no hay nada impuro. Pero, aconseja para no herir susceptibilidades y no apartar a nadie de Cristo, no insistir en estos temas. Y en los vs. 16-18, el Apóstol da el criterio para este tipo de contiendas y distintos posicionamientos que se daban en la vida de la Iglesia de su tiempo:
 “No permitan que se hable mal del bien que ustedes hacen, porque el reino de Dios no es cuestión de comida ni de bebida, sino de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. El que de esta manera sirve a Cristo, agrada a Dios, y es aprobado por los hombres”.
El criterio de Pablo para posicionarse respecto de algún tema en el que pueda haber diferencias importantes de pensamiento es el Reino de Dios. El criterio del cristiano para la toma de posiciones debe ser el Reino de Dios. La postura que cada uno/a tome tiene que buscar la JUSTICIA, la PAZ, agrego el AMOR y el GOZO.
Por ejemplo, decisiones como la ordenación de mujeres (que para nosotros es algo tan normal) han amenazado con dividir determinadas iglesias. Tanto, que algunas Iglesias ni se lo plantean. Este año, por ejemplo, luego de varios años de debate y de idas y vueltas, la Iglesia de Inglaterra aprobó -no sin revuelo- la ordenación de Obispas (en Inglaterra).
Los cristianos ya no discutimos por la comida, por si podemos comer cerdo o no, como aparece en la carta de Pablo. Los evangélicos en general, ya no discutimos sobre cantar himnos o canciones en el Culto (como se discutía en los 70’ y 80’).
Sin embargo, si tengo que mencionar un tema controversial que despierta posiciones enfrentadas en nuestra Iglesia Metodista, es la homosexualidad. Donde se evidencian posicionamientos totalmente enfrentados. Voces a favor y voces en contra. He escuchado los argumentos de distintos hermanos y hermanas en contra. Debo decir también, que he escuchado los argumentos de hermanos y hermanas a favor. He escuchado también amenazas de abandonar la Iglesia si toma una determinada posición, sea a favor o sea en contra.
Pensaba al reflexionar sobre esto ¿En qué momentos nos volvimos tan intolerantes? ¿En qué momento nos volvimos tan intransigentes? ¿En qué momento nos cerramos tanto sobre nuestro propio pensamiento sin intentar analizar lo que el otro dice y piensa?
Aquella frase de Wesley “pensar y dejar pensar” no es una frase de boleto, no es una frase de señalador para poner en un libro. ¡No, Señor! Es el resultado de alguien que quiere que la gente piense, reflexione, busque argumentos, debata, analice.
El criterio de Pablo para discutir posiciones enfrentadas respecto de la comida en el cristianismo primitivo, también aplica para éste debate y para los que seguramente vendrán: El criterio del cristiano para la toma de posiciones debe ser el Reino de Dios. La postura que cada uno/a tome tiene que buscar la justicia, el amor, la paz y el gozo. Y esa búsqueda debe estar orientada por el amor que nos debemos mutuamente como respuesta al amor y perdón de Dios.
Son muchos y difíciles los desafíos que la Iglesia debe enfrentar en estos tiempos. Pero, al contrario de lo que podemos suponer, los desafíos más grandes no vienen de afuera, son desafíos internos. Debemos poder ser una comunidad amorosa, una comunidad que practica y vive el perdón, una comunidad que busca la justicia para todos/as, que busca que todos y todas puedan vivir en paz, una comunidad que quiere que todos estén gozosos.
Quiera Dios iluminarnos en esta búsqueda para que podamos ser la Iglesia que Él espera que seamos. Que el Señor nos bendiga. Amén.
Córdoba, Argentina.

martes, 9 de septiembre de 2014

Predicación

Domingo 07 de Septiembre – 13º de Pentecostés
P. Maximiliano A. Heusser

Leer:
Romanos 13:8-14: El cumplimiento de la Ley es el amor: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Mateo 18:15-20: Cómo resolver cuestiones en la Iglesia.

Este domingo los textos bíblicos de Romanos y de Mateo nos hablan del ser comunidad y de cómo ser comunidad. Pablo les escribe a los romanos y les da toda una serie de recomendaciones en cuanto a los deberes de la vida cristiana. La porción que leímos recién está en ese contexto. En este pasaje Pablo habla del amor y dice que toda la Ley se resume en: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Es decir, que Para Pablo, el cumplimiento máximo de a Ley es el amor. Esto, como decía al principio, tiene que ver con la comunidad.
1. En un primer sentido podemos pensar el tema del amor dentro de la comunidad de fe. El amor debe ser lo que rija, oriente y anime las relaciones interpersonales que se dan en el ámbito de la comunidad de fe. ¿Por qué decimos esto? Porque si hay amor entre nosotros y nosotras, todo va a ser más fácil. Esto, por supuesto, no significa que no vamos a tener problemas o inconvenientes, pero va a ser más fácil solucionarlos. Es como en el matrimonio, habiendo amor es un poco más fácil solucionar lo que se vaya presentando.
Hace unos domingos les compartía las palabras del Pastor Douglas Rouffle en cuanto a la relación entre la Iglesia y el Reino de Dios. Cuando decíamos que teníamos que ser señal o signo del Reino, una de las maneras era haciendo evidente el amor que nos teníamos como comunidad. De esta manera, la gente iba a decir: “miren cómo se aman”.
Esto no es algo fácil o sencillo. Uno ama -por ejemplo- a su pareja, porque la ha elegido para vivir juntos toda la vida. Pero uno no ha elegido a todas las personas que vienen a la Iglesia para vivir toda la vida. Entonces uno se encuentra con gente con la que no tiene mucho en común, con gente que es de otro equipo de fútbol; con gente que tiene una ideología diferente, o incluso, opuesta a la nuestra; con otra formación (mayor o menor); gente con otros intereses; con gente de otra edad, etc… y sin embargo, todos somos parte de la misma comunidad.
Dios es amor, por lo tanto, el que ama ha conocido a Dios, porque Dios es amor (1 Juan 4:8). Este amor que debemos intentar tener no depende sólo de nuestras fuerzas o nuestra capacidad de amar. Este amor viene del Dios en el que creemos, quien se hizo ser humano por amor a cada uno de nosotros y la humanidad toda.
Debemos, entonces, intentar ser una comunidad de fe donde el amor sea el sentimiento que nos ayude a relacionarnos. Donde el amor oriente cómo le hablo a tal o cual. Donde el amor sea lo que me motive a acercarme al otro, a la otra. Donde el amor sea el sentimiento que venga a mi corazón y a mi mente cuando piense en los hermanos y hermanas de la comunidad de fe.
Una comunidad que viva llena de amor los unos por los otros, seguramente tendrá muchos menos problemas que una que no lo haga.
2. En un segundo sentido, este amor en el que se cumple plenamente toda la ley, debe salir de la comunidad de fe. No sólo debe salir como testimonio del amor interno (“mirá cómo se aman”), sino que debe llegar fuera de la comunidad. Es decir, una comunidad donde el amor tiene un lugar privilegiado, es una comunidad que ama. Y ese amor que se exterioriza se traducirá en diferentes programas y actividades de la Iglesia. Así sabemos de Iglesias, por ejemplo,  que han abierto escuelas, porque en sus barrios había una necesidad puntual y buscaron desde el amor responder a esa necesidad. Otras comunidades han abierto consultorios médicos, guarderías, clases de apoyo, bolsas de alimentos, etc. Intentando responder desde el amor a las necesidades del propio contexto.
El amor de Dios en la comunidad de fe también se tiene que exteriorizar en cómo nos relacionamos con el afuera de la comunidad; con aquellos que no vienen, que no conocen de la fe; con aquellos y aquellas que quizás están en otras búsquedas… He escuchado a predicadores evangélicos y a hermanos/as de nuestras comunidades, hablando de “los que viven en el mundo, perdidos y entregados al pecado, sujetos a la concupiscencia de la carne”. Si bien estas son expresiones bíblicas que no tienen nada de malo, no es la mejor manera de relacionarnos con el afuera de nuestras comunidades. Si nos expresamos así no demostramos absolutamente nada de amor hacia esas personas. La gente en lugar de decir: “mirá cómo aman”, va a decir: “mirá cómo señalan y juzgan”. Si nos pusiéramos más fríos y pensáramos nuestra relación con el afuera de la comunidad desde el punto de vista del marketing (entiendo que el Evangelio no se vende, es un ejemplo) tampoco deberíamos expresarnos de esta manera.
Qué difícil es ser una comunidad de amor, una comunidad donde se construyan relaciones y lazos de amor, donde ese amor sea exteriorizado en acciones y programas de la Iglesia, y donde todo el mundo pueda sentir que es amado y recibido con los brazos abiertos.
3. Esto nos lleva también a reflexionar sobre el pasaje del Evangelio de Mateo. Esta porción bíblica ha sido llamada “la corrección fraterna”. La mayoría de los biblistas están de acuerdo en que se pone de manifiesto una problemática de la comunidad mateana. ¿Cómo hay que hacer cuando un miembro de la comunidad peca contra alguien de la comunidad o contra la comunidad misma?
Aquí también el amor es sumamente necesario. Esta serie de pasos que se sugieren no buscan cumplimentar un proceso jurídico. Buscan la manera más fraternal y pedagógica de resolver un conflicto que daña a hermanos de la comunidad o la vida misma de la comunidad de fe. Se pide señalar la cuestión en forma personal para no difamar al hermano/a. Si éste no cambia de actitud, se pide que vaya con otro u otros/as para que vea que son varios los que piensan que debería cambiar de actitud. Finalmente, si no escucha a este grupo, se pide que toda la comunidad considere el caso. Si no escucha a la comunidad reunida en un mismo sentir, él mismo querrá salir de esa comunidad.
Es muy interesante ver qué texto está justo antes de este: “La parábola de la oveja perdida”. Ese pastor que deja 99 ovejas para ir en busca de esa que se perdió y alejó del redil. Este es el contexto del pasaje del Evangelio. La necesidad de hacer todo lo posible para que nadie abandone el redil.
Se busca que el hermano o la hermana en error, un error que afecta a otros hermanos o a la misma comunidad, pueda darse cuenta y cambiar. Es un intento amoroso de salvar la situación sin que nadie salga lastimado. Aquí hay una comunidad, la comunidad mateana, que  ama a sus hermanos y hermanas. No es una comunidad erigida en juez de las vidas y las conductas de sus miembros. Es una comunidad que busca, en amor, lo mejor para cada uno de quienes la integran.
Si en algo nos tendremos que poner de acuerdo hoy en la tierra como comunidad de fe (Mt. 18:19), es en pedirle a Dios que nos de más amor, porque nos falta. Porque no somos una comunidad que pueda ser definida como amorosa. Tenemos amor, nos queremos, pero no somos una comunidad “muy” amorosa. Por esto mismo, creo que el amor de Dios tampoco desborda de nosotros/as y llega puertas afuera de la Iglesia.
Como nos ha exhortado en más de una oportunidad nuestro Obispo, congregacionalmente debemos buscar:
* Ser congregaciones amorosas, contenedoras, inclusivas y sanadoras.
* Ser congregaciones que hacen nuevos discípulos y discípulas.
* Ser congregaciones abiertas a los cambios y movimientos que se producen en la gran parroquia donde estamos insertos.
* Ser congregaciones proféticas, que se sumen con otros espacios sociales a la búsqueda de una sociedad más justa e igualitaria.
Que el Señor nos bendiga, Amén.
Córdoba, Argentina.


martes, 12 de agosto de 2014

Predicación

9º Domingo de Pentecostés - 10 de Agosto
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Mateo 14:22-33.
El texto del Evangelio para hoy se encuentra a continuación de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces (texto que leíamos el domingo pasado). Jesús acaba de realizar un milagro muy significativo. De cinco panes y dos peces alimenta a una enorme multitud.
Juan, el evangelista, al contar este mismo relato dice que luego de la multiplicación la gente lo quería hacer rey (Jn 6:14-15). ¿Qué habrán pensado sus discípulos? ¿También habrán querido hacerlo rey? ¿O ya estaban acostumbrados a ver a Jesús haciendo milagros? Sea como sea, Jesús les manda a sus discípulos irse en la barca a la otra orilla del Mar de Galilea. En el griego es notorio que Jesús les ordena irse a la otra orilla, no es un pedido común o suave, lo dice imperativamente.
También debemos señalar que Jesús despide a la multitud. La palabra que se utiliza en griego es la misma que utiliza Mateo para hablar de divorcio (Mt. 5:31). A Jesús le cuesta despedir a la multitud, porque seguramente la gente no quería alejarse de Él. Esta gente ha sido partícipe del milagro y no deben querer alejarse del “hacedor de milagros”. Sin embargo, Jesús sí quiere que ellos se vayan y sigan con sus vidas. Finalmente los logra convencer y puede subir al monte a orar (como lo ha hecho en más de una oportunidad).
Orando en el monte se hace de noche, mientras los discípulos están en medio del Mar de Galilea intentando llegar al otro lado. Bien entrada la madrugada, Jesús deja de orar y decide alcanzarlos. Lo milagroso es que lo haga caminando por las aguas en medio de una tormenta que azotaba la barca. Relata el comentarista Ricciotti que “ya entrada la primavera, es frecuente en el lago de Tiberiades que, después de un día caluroso y sereno, hacia el declinar del sol, sobrevenga desde las montañas dominantes un viento frío y fuerte en dirección sur, viento que continúa y crece más cada vez hasta la mañana, haciendo la navegación bastante difícil”.  Es posiblemente en medio de esta situación que Jesús se acerca caminando sobre el agua.
Los discípulos tienen miedo en primer lugar por la tormenta. Hay seguramente, mucho oleaje y viento fuerte. El pueblo judío le tiene mucho respeto al mar, y en su cosmovisión, simbólicamente el mar era el lugar del caos y de la muerte. Llenos de miedo ven alguien que se acerca y creen que se trata de un fantasma. Quizás si esto nos sucediera a nosotros hoy diríamos lo mismo que los discípulos: ¡un fantasma!
Jesús los calma, les deja escuchar su voz, los anima. Pedro le responde que lo mande ir a él hasta el propio Jesús. Jesús le responde que lo haga. Milagrosamente (segundo milagro) Pedro camina sobre las aguas en dirección a Jesús. Pedro ve el tamaño de las olas, siente el viento fuerte que sopla y tiene miedo y comienza a hundirse. En su desesperación grita: “¡Señor, salvame!”. Al momento, Jesús extiende su mano y lo sostiene.
Jesús reta a Pedro por haber dudado.
Al subir a la barca sucede el tercer milagro: La tormenta se detiene inmediatamente. Por esto el resto de los discípulos entiende que verdaderamente es el Hijo de Dios y lo adoran.

Quiero señalar el tema del miedo. El miedo es un protagonista esencial en este relato. Los discípulos, muchos de ellos pescadores que han navegado desde su temprana juventud, están muertos de miedo en la barca. Están concentrados en los peligros (olas y viento) y eso les nubla la posibilidad de ver que la persona que se acerca es Jesús.
Pedro, con una fe más importante que los demás, quiere caminar como Jesús sobre las aguas. Algunos biblistas piensan que quizás quería disfrutar de algo de ese poder que se hace evidente en Jesús, caminando sobre las aguas. Pedro lo logra hacer, pero mirando lo embravecido del mar y el viento siente miedo. No es un miedo que lo paraliza, sino que es un miedo que lo hunde.
Esto mismo nos puede pasar como comunidad de fe. En un primer sentido, esto nos pasa cuando nos concentramos y ponemos nuestra atención únicamente en los peligros externos que tenemos que enfrentar (factores externos). Muchas veces como Iglesia, decimos que tenemos que vivir a contramano ¿no es cierto? O hemos dicho que el Evangelio es contracultural, porque propone algo diferente a lo que se nos propone desde la sociedad. Nos pasa en este sentido, que nos detenemos a pensar en todas las cuestiones que debemos enfrentar y hasta combatir (como son las tormentas). Y esta situación muchas veces nos hace caer en el miedo, en la desesperación y en la confusión. Tan mal nos puede poner que no distinguimos la presencia de Dios en medio nuestro.
En un segundo sentido, debemos advertir que lo peor que le sucede a este grupo de discípulos en la barca no es la tormenta, no son los factores externos, sino por el contrario, son los factores internos. Lo peor que les sucede es el miedo y la desesperación en la que caen. Muchas veces los problemas más grandes que podemos tener como comunidad de fe, no son cuestiones que nos vienen de afuera, sino que somos nosotros mismos.
Debemos hablar de la fe. Se hace evidente en el relato que los discípulos flaquearon en su fe. Su fe les fue puesta a prueba por las condiciones climáticas del  mar de Galilea y tuvieron miedo. Dice el pasaje que “gritaban de miedo”.
Pedro parece tener más fe que los demás, pero cuando las papas quemaron, no pudo más y terminó hundiéndose en lo mismo que le causaba temor (el mar y la tormenta).
Nosotros y nosotras, como seguidores de Jesús tenemos que tener fe. La fe es puesta a prueba en los momentos difíciles que nos toca enfrentar. Nuestra fe se prueba cada vez que tenemos que atravesar una tormenta (enfermedad, muerte de un ser querido, falta de trabajo, dificultades, etc.).
Pedro, a diferencia de los otros discípulos, tuvo la confianza necesaria en Jesús, para pedirle que lo hiciera caminar sobre las aguas hasta llegar a él. Como dijimos antes, es notable (y milagroso) que Pedro lo haya podido hacer. Nos imaginamos a Pedro caminando con los ojos puestos en Jesús (como dice la canción del Pastor Claudio Pose). Esa debería ser nuestra actitud y metodología para enfrentar los problemas de la vida, nuestro protocolo para enfrentar tormentas. En medio de esas situaciones adversas deberemos levantar nuestra vista y mirar más allá, viendo a Jesús.
Lo que también tenemos que recordar es que Jesús siempre está dispuesto a socorrernos. Siempre está dispuesto a responder a nuestro llamado. Siempre tiene el brazo extendido para tomarnos e impedir que nos sigamos hundiendo.
Quiera Dios que podamos enfrentar las tormentas de la vida con los ojos puestos en Jesús, que podamos ver más allá, con esperanza, y que superemos los miedos que nos paralizan y hunden, alejándonos de Dios y de la vida plena que vino a anunciarnos en Jesús.

Que el Señor nos bendiga, Amén. 
Córdoba, Argentina.